En el segundo día de los VI. Encuentros con la Investigación Pablo Maravi Martínez e Iván Gómez compartirán con los asistentes los resultados de sus trabajos de fin de Máster en Investigación y Creación en Arte de la Facultad de Bellas Artes en la Universidad del País Vasco (UPV-EHU).

Entrada libre hasta completar el aforo.

VI. ENCUENTROS CON LA INVESTIGACIÓN

25 de abril, 19:15h, Art House Zinema.

Pablo Maravi Martínez

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“Al Hollywood madrileño”, una película española.

Conocida sólo por algunas exhibiciones privadas, la película que ha trazado y dirigido D. Nemesio Sobrevila con el título de Al Hollywood madrileño es estos días tema frecuente de conversación en los corrillos cinematográficos y literarios. Doble prueba de la vitalidad con que nace, puesto que tanto se la discute y comenta, y de la creciente atención que va despertando el cinematógrafo entre los hombres de letras. (…)

La comedia de una muchacha, como hay tantas, enloquecida por este nuevo veneno de la gloria cinematográfica, que tales estragos viene haciendo en el mundo entero, y de un padre débil y contagiado del mismo mal, que cambia el rótulo clásico de su mesón por el mágico “Hollywood” y no quiere ya recibir en sus cuadras los huéspedes tradicionales, los prosaicos mulos castellanos, por poco fotogénicos, sino gloriosos elefantes de circo. Son siete asuntos o películas en una película, que otros tantos autores ofrecen al bigardo –y bígamo– que enamora a la moza y despluma al padre. La cinta podría titularse también: “Siete autores en busca de un caballo blanco cinematográfico”. Pero “Al Hollywood madrileño” expresa acaso mejor la intención satírica de la película y es un eco cómico de la fiebre de ambición y vanidad con que la cinematografía ha trastornado tantas cabezas que hasta ahora parecían normales.

Fragmentos extraídos de “Al sesgo. Una película española”, Popular Film, nº61, 31/12/1927; artículo escrito por Luis Araquistain sobre la película, hoy perdida, Al Hollywood madrileño, también titulada Lo más español, del cineasta bilbaíno Nemesio Sobrevila.

Iván Gómez

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“Los puertos de Hamburgo”.

“(…)

Estábamos los alumnos con papel y boli intentando descifrar y compartir una experiencia sensible, íntima. El ambiente era distendido. Nuestra atención había abierto los cinco sentidos a un nuevo aprendizaje, y en el fulgor de la excitación, todos en voz alta, queríamos relatar la vivencia que acababa de recorrer nuestro cuerpo, nuestra mente.

O al menos intentarlo. –Este ha sido más intenso. –Sí, pero también ha sido más dulce que el anterior, ¿verdad? El etnólogo nos propuso coger la siguiente copa. Recordamos el método de análisis y sus diferentes fases. Atendimos al color, la brillantez, la densidad y fluidez con la que el vino giraba por las paredes del cristal. El profesor nos propuso acercar la copa a la altura del ombligo y poco a poco ir subiéndola hasta nuestra nariz, mientras aspirábamos su aroma. La fase olfativa es la más importante de una cata: el cerebro conecta la percepción recogida durante la inhalación con nuestro hipocampo; y nuestras capacidades mnemotécnicas facilitarán la asociación con un recuerdo, con la impronta de una percepción anterior. –Me huele a regaliz y frutas rojas. –¿Y a qué te sabe? Empapamos nuestras papilas gustativas y escupimos. –A mí me sabe a café. – Eso es imposible. Tenemos cuatro gustos: el dulce, el amargo, el ácido y el salado. El gusto “café” no se encuentra en nuestra lengua. Tal vez quieras decir que te sabe amargo, que te ha hecho salivar, y que en boca te huele a café. A esa percepción olfativa que sube desde la boca hasta nuestra pituitaria, se le llama la fase retrolfativa. Los diferentes sabores son un equilibrio entre los cuatro gustos… Sabéis a qué me refiero, ¿verdad? Con toda paciencia el etnólogo intentaba trasmitirnos su conocimiento vinícola. Pero este conocimiento inteligible era indisociable de la experiencia sensible. La operación cognitiva que él demostraba realizar se nos iba haciendo cada vez más familiar, aprendíamos el método, la técnica, pero quedaba la duda de que si los resultados estaban siempre sujetos al cuerpo de la experiencia, a su interpretación, su conocimiento perdía cierta legitimidad que asume el saber científico, compartiendo camino con un (des)conocimiento que se abre en lo subjetivo. Juan Luis Moraza recoge el término sabœr del latín del siglo III, cuando saber y sabor remitían a una única experiencia, para ponerlo en relación con la práctica artística, como un deseo de saber a través del goce, saboreando la praxis.”