¿El blasón de tus recuerdos?
Se las ha visto con el dios de la destrucción

La tiranía de la toma de posición, de lo territorial, hace que sea imposible escapar de ellas. Intentarlo, genera paradojas y neurosis. Al fin y al cabo, la lectura identitaria que se hará de lo que uno haga es ineludible. Y es en esa paradoja donde encuentro cobijo, gracias a un tira y afloja en el que no es que me sienta cómodo, es que me siento, inevitablemente.

Mi manera de trabajar se basa en crear estrategias propicias para que las imágenes aparezcan, de tal manera que escapen a la propuesta consciente. Para ello recurro a técnicas cercanas a las del dibujo automático. Casi como si de sesiones de meditación se tratara, en las que para dejar el ego de lado, lo asfixio haciendo que el pensamiento y la acción se sincronicen, no dejándole espacio para intervenir. Ejercicios en los que soy capaz de observar mi propio funcionamiento a la hora de trabajar, de enfrentarme al problema de llenar una superficie. Se trata pues de un proyecto que, queriendo sonar analítico, es vitalicio, ya que solo así le dejo espacio para crecer a su manera, observando cómo toma vida en paralelo a la mía y fuera (en parte) de mi control.

Me ayuda el pensar en las piezas en términos opuestos al de escudos o blasones, a pesar de tratarse también de objetos que me representan. La lógica del blasón es la siguiente: ¿quieres la fuerza de un león? ¿evocar el arraigo que evoca un árbol? No tienes más que añadir estos elementos en él. Funciona como identificación a priori: la mente consciente proyecta y la imagen representa. Sin embargo, si invertimos el orden de la operación, recurriendo a imágenes que aparecen, se genera un vacío en la intención, un vacio activo del que emerge no sé sabe qué. Y ahí es exactamente donde radica mi interés y mi proyecto, mi toma de posición.