La traducción, como sabemos, lleva un texto de una lengua a otra, pero esta operación no es una traslación sino más bien una transformación. No hay un traspaso lineal, sino que en el propio ejercicio de traducción se produce un salto, se cruza el abismo que existe entre las lenguas. En la traducción no se busca un traslado exacto del significado, sino una transmisión de la resonancia específica de una lengua a la resonancia propia de otra. En último término, ninguna lengua dice “lo mismo” que la otra; tampoco hay un lenguaje originario que le sirva de horizonte a la traducción. El registro formal y sensible de cada lengua es único, y en la traducción se desencadena un reparto de sentidos en el que muchos matices se pierden, mientras que otros se transforman, coinciden, o ganan significado. Es este juego entre lenguas que surge en la traducción lo que quiero trasladar a los lenguajes visuales y artísticos. Por ejemplo, la xilografía se podría considerar una tallar en la oscuridad; en su método se tallan las luces, los vacíos, se trabaja sobre lo que no se va a ver, a diferencia de la pintura tradicional, cuyo tratamiento sigue un camino directo al ojo. Con los esmaltes cerámicos ocurre también algo determinante y es que sus colores verdaderos aparecen tras la cocción, lo que imprime en las obras un grado de azar, al no poder controlarse totalmente el resultado.

Como si se tratara de un fragmento de significado que se traduce a diferentes lenguas, mi propósito es traducir una misma pieza, una misma imagen, a todos los lenguajes artísticos posibles: dibujo, pintura, grabado, risografía, collage, cerámica, digital, textil, madera, serigrafía, plásticos, acuarela, fotografía, instalación, escultura…

Son las propias operaciones sensibles y formales las que crean las lenguas así como los lenguajes artísticos. Este proyecto busca mostrar que la materialidad, la técnica y su registro muestran la imagen de otra manera y exponen que no hay algo así como un sentido o una representación originaria.

Manuela Inclán.