“Las reacciones paradójicas (o efectos secundarios paradójicos) en terapéutica farmacológica refieren a los resultados de diversas medidas farmacológicas que pueden llevar a conclusiones aparentemente contradictorias. (…) como cuando se ingiere cafeína en una taza de café por la noche y la persona padece de mayor sueño y cansancio que antes de ingerir la bebida”. (1)

Durante los últimos años mi trabajo ha estado focalizado en la frontera, entendiendo su inevitable capacidad coercitiva, pero buscando al tiempo su cualidad de territorio de contagio. Una dualidad que da pie a diferentes paradojas. Estas, han centrado mi percepción de la realidad durante el tiempo de confinamiento; con  nuevas lecturas ávidas del más mínimo atisbo de lucidez y relecturas de algunas referencias que  han nutrido el desarrollo de mi investigación más reciente.

En el regurgitar de estas referencias he ido identificando diferentes paradojas más allá de la cotidianidad del mantra mediático, paradojas que difícilmente generaran ningún tipo de reacción (paradójica o no) en un contexto artístico que se sustenta demasiado a menudo de su propia autorreferencialidad.

Ya en trabajos anteriores planteaba la pantalla como una primera frontera. Una frontera a la que nos enfrentamos cotidianamente, una superficie de contacto en la que se produce una translación(2) constante entre sistemas. Una translación de la que -deslumbrados por el brillo de la pantalla y sus posibilidades- apenas somos conscientes. El acceso mediado a internet reduce nuestro conocimiento de esta infraestructura, limitando nuestro papel al de dúctiles usuarios del juego de metáforas e inducciones que sucede en la interfaz.

Un complejo sistema de sistemas (internet) en el cual parece que las fronteras de la infraestructura se diluyen en lo digital, y en el que, al menos en teoría, se hacen más permeables los umbrales entre diferentes realidades.  Aunque, de hecho, la pantalla nos da acceso  sin límites a un espacio con fronteras, en donde los centros de control y almacenamiento están protegidos por alambre de espino (1ª paradoja) y no flotando en una nube virtual indefinida. Un espacio, además, en el que las intervenciones artísticas han ido sufriendo limitaciones progresivas desde sus inicios a finales del pasado siglo hasta la actualidad. De ahí que en paralelo al aumento de velocidad o capacidad, se ha limitado y/o condicionado el campo de juego en función de intereses con fines fundamentalmente comerciales, sometidos a estrategias de control y vigilancia.

Un sistema que ofrece el espejismo de alejar la soledad impuesta(3) a través de una escritura incontinente e irreflexiva en el teléfono móvil, escudriñando la más mínima evidencia de que alguien en alguna parte nos necesita o nos quiere, de que no estamos encerrados en nuestra propia frontera ubicua. Al mismo tiempo que utiliza ese mismo dispositivo para ejercer una vigilancia exhaustiva de esa frontera ubicua(4), ya sea a través del Big Data, o directamente a través de los mecanismos de geolocalización -casi ilimitada y siempre conectada- de nuestros móviles. (2ª paradoja)

La asociación simplista vigilancia-control-estado casi consigue hacernos olvidar que la vigilancia asociada a las nuevas tecnologías -ya sea en nombre de la seguridad, ya sea en nombre de la libertad- está en manos de las propias empresas de tecnología. Al vincular esta vigilancia al Big Data ésta se convierte en una herramienta para la predicción. Y la predicción es una herramienta para la manipulación (de hábitos de consumo o de criterios electorales, por ejemplo). Obviamos que hemos permitido (al menos en occidente) que los únicos que tengan capacidad de ejecutar legislación sobre las nuevas tecnologías sean las propias tecnologías, o mejor dicho, entidades transnacionales que con aberrantes ingenierías legales burlan las leyes de nuestros limitados estados nación en un mundo globalizado (3ª Paradoja).

Un modelo globalizado apoyado en un sistema de traslación internacional, que extrapolamos a nuestro propio ocio.  Favoreciendo un tipo de turismo obsceno, un ejercicio de tránsito de ocio en busca de una identidad inalcanzable(5) diluida en las múltiples e inabarcables opciones que la sociedad de consumo contemporánea ofrece. Una traslación casi rutinaria e inconsciente que contrasta con la de millones de personas que intentan escapar de una realidad insoportable donde su existencia se convierte en un constante jugarse la vida, en un “pasar cueste lo que cueste”(6) las fronteras creadas desde el privilegio, en una lucha infructuosa por trascender una identidad impuesta construida desde estereotipos. (4ª Paradoja)

Una identidad sometida que se impone también desde el lenguaje: la relación lengua-identidad es tan directa que excluimos al migrante, al refugiado, al extraño por el hecho de hablar una lengua de un modo incorrecto o inapropiado, convirtiéndolo en la encarnación de «el otro»(7). Reforzando las concertinas con parámetros sociolingüísticos que permiten medir la distancia social. Al tiempo que nos jactamos de superar esas mismas fronteras con aplicaciones de translación que usualmente utilizan el inglés u otra lengua dominante como lengua bisagra, y que seleccionan las lenguas susceptibles de ser traducidas con métodos, cuanto menos arbitrarios. (5ª paradoja)

Se podrían seguir poniendo numerosos ejemplos de paradoja en torno a la frontera. Pero en definitiva la problemática deviene de una sociedad que, tras décadas de hacer oídos sordos a las voces expertas alertándonos sobre la imposibilidad de mantener este tipo de sistema de crecimiento continuo (no solo en lo económico, también en lo demográfico, por ejemplo), empieza a asumir la línea de horizonte como última frontera. Los espejismos de transcender este límite que se planteaban en la segunda mitad del siglo pasado no van a ser reales, al menos en un plazo viable.

Lamentablemente,  incluso en una situación como la actual,  se recurre una y otra vez a la cantinela de que hay que recuperar el crecimiento.

Simultaneamente,  resurge, cada vez con más auge, una noción excluyente de identidad asociada a una reafirmación del concepto de soberanía, heredera del colonialismo y todos sus fundamentos (-xenofobia-heteropatriarcado-biopolítica-cientifismo-).Y que utiliza las nuevas tecnologías para afianzar fronteras y preservar privilegios. La elección entre libertad o seguridad se presenta como única opción desde unos poderes que no se limitan a las soberanías estatales, pero que sí aprovechan estos viejos recursos para afianzar sistemas de privilegio y exclusión (8).

La coyuntura asociada a la  COVID-19 nos está mostrando, de un modo despiadado, estas reacciones paradójicas que nos deberían ayudar a repensar la situación para buscar alternativas. Se están reproduciendo sobre nosotros medidas de confinamiento e inmovilidad que durante años hemos estado aplicando a migrantes y refugiados, imponiéndoles identidades que les dejan fuera de la comunidad. Manteniéndolos/nos en tierra de nadie al margen de cualquier derecho y legalidad; justificando cualquier medida con el carácter excepcional de la situación. Ahora es a nosotros a quienes se nos recortan derechos y se nos quiere recluir en la frontera ubicua asociada a nuestros móviles. Frontera que se puede fijar con extraordinaria eficacia en nuestro hogar o donde se requiera en el momento que la “situación excepcional” lo precise.

Cuando se limitan nuestros derechos nos damos cuenta de la dificultad de atravesar fronteras.

Cuando se abren, aunque sea levemente, nos olvidamos de la responsabilidad intrínseca de traspasarlas.

Actualmente la idea de comunidad es prácticamente equivalente a la de humanidad y su hogar, la tierra. Paradójicamente cuando la humanidad se retira a sus unidades de confinamiento – en sus celdas, familias, estancias, nidos, madrigueras…- el hogar comunitario se repone aparentemente del exceso (de movilidad, de consumo, de voluntad de crecimiento)(9).

Las tecnologías de control y vigilancia no nos salvarán de esta pandemia, como tampoco permitirá nuestra pervivencia el hecho de mirar hacia otro lado o postergar decisiones.

Tendremos que empezar a entender lo inasumible de los ejercicios de (des)equilibrio (ya sea a través de estrategias bélicas, y/o de ejercicios de negacionismo o procrastinación de urgencias) evidentes en la sociedad contemporánea. Una sociedad que solo reacciona cuando la inminente posibilidad de muerte de sus individuos(10) puede desestabilizar el sistema. Sociedad que se lava las manos ante los daños colaterales que provoca su propia supervivencia, y que sin embargo necesita del subsistir de millones personas hacia una translación de fronteras irracionalmente cerradas.

Una sociedad que aprovecha esas coyunturas para reforzar sus fronteras, sin querer leer que las fronteras que se crean desde ese punto de partida buscan anular un ejercicio real de alteridad. Esto sucede tanto en las fronteras que se apoyan en lingüística computacional (lenguajes que en -otra- brutal paradoja, y a merced de la inteligencia artificial, están comenzando a realizar su propio ejercicio de exclusión hacia nosotros en su escritura), como en aquellas otras más obvias -apoyadas en la vigilancia, la coerción o en soportes físicos- creadas, también artificialmente, por el ser humano. Y obviamente fronteras socio-económicas que cada vez más limitan las opciones de una gran mayoria de la población.

Como un significativo espectro del arte contemporáneo siento que los artistas no pueden sustraerse a estas realidades, el arte debe ser un lugar de resistencia y estar siempre “en estado de alarma y emergencia”(11). Los artistas ya estamos acostumbrados a ello y, en un entorno más próximo, tenemos históricas figuras a las que han tratado de invisibilizar(12), por defender posturas similares en una dura lucha contra el conformismo.  Sin embargo, el protagonista de uno de los libros más compartidos (supongo que leídos) entre los artistas de Euskadi durante el confinamiento, concluye que no tiene nada que decir; “Nada que decir salvo la manera de decir nada”(13).

La verdad, tengo más palabras que escribir, pero no quiero que se me quiten las ganas de decir nada. Se me escapan las razones para darles forma. Mala o buena.

¿Es realmente importante cuando las palabras no dicen nada, cuando la frontera entre el arte y la realidad se convierte en una secuencia de reacciones paradójicas que utilizan el lenguaje para no decir nada, y cuando defender esa acción se intenta constituir como la enunciación más legitima?

Queda intentar mostrar las contradicciones implícitas en las paradojas que habitamos. Aunque sea un intento abocado al fracaso siempre se podrá abrir un campo de juego diferente al del regocijo en el propio fracaso -un campo limitado por diferentes verjas tanto en lo real como lo virtual-. Queda intentar “romper esas verjas, o al menos señalar su existencia”(14). Y si el intento se realiza desde prácticas más éticas, implicando sentidos que no se limiten a la pantalla, y creando espacios de interacción más allá de los ejes que asocian el arte a meras estrategias de producción de nuevos elementos más o menos ornamentales, si entendemos el arte como la construcción de sistemas de trabajo que permitan alguna reacción, quizás habremos dado un primer paso que nos aleje de la inmensa y autodestructiva -otra vez paradójica- contradicción en la que estamos inmersos.

Y no solo en el arte; separar arte y realidad es otra de las inercias que no nos podemos permitir.

(1) https://es.wikipedia.org/wiki/Reacción_paradójica

(2) Utilizo este término por su polisemia, que nos remite tanto a la traducción entre diferentes lenguajes entre diferentes sistemas, como al movimiento -movilidad-.

(3) Soledad impuesta versus soledad introspectiva (loneliness vs solitude)

(4) Siendo la ubicuidad una característica asociada a diferentes deidades -la capacidad de estar presente en diferentes sitios a la vez-, se asume coloquialmente y por analogía con la capacidad de estar en continuo movimiento, quien está presente en muchos lugares y situaciones, da la impresión de que está en todas partes. Pero es que en el caso de la frontera tecnológica que se cierne sobre cada individuo gracias a las tecnologías asociadas a internet, se da un confluencia entre ambas concepciones, se plantea la ficción (con una fuerte base de realidad) de que internet está en todos sitios, de tal modo que la frontera de vigilancia a la que nos somete a través de la geolocalización y el Big Data se desplaza con nosotros siempre y cuando no nos separemos de nuestro smartphone , o en el preciso momento en el que nos conectamos a internet en cualquier parte de mundo desde alguna identidad virtual. Una identidad que progresivamente asume y va a integrar online los valores biológicos del individuo, con dispositivos que si no ponemos las herramientas para evitarlo pronto estarán integrados en nuestro cuerpo.

(5) Múltiples opciones de identidad alentadas con la implementación de una oferta de referentes en apariencia infinita (infinitamente adaptable porque tiene una naturaleza líquida) a través de los media transnacionales tv, publicidad, etc…

(6) Georges Didi-Huberman, Niki Giannari, Asociación Shangrila Textos Aparte, 2018.

(7) “La relación lengua-identidad es tan directa, que, en muchas culturas, el hecho de hablar una lengua de un modo incorrecto o inapropiado excluye al individuo del grupo convirtiéndolo en la encarnación del «otro». Tal es la naturaleza de la relación existente entre la lengua y la identidad grupal que en casi todas las lenguas existe un término específico para designar a la persona que no habla correctamente la lengua dominante, porque, como decimos, normalmente se concibe de un modo automático como elemento distintivo de la identidad. Este valor social del lenguaje lo convierte en un parámetro sociolingüístico eficaz para medir la distancia social y la solidaridad grupal (local, profesional o étnica). En un sentido amplio, cuando hablamos en nuestra lengua materna, estamos definiéndonos, entre otras cosas, como integrantes y procedentes de una determinada área geocultural supranacional, nacional y local.” “La primavera del árabe Marroquí”, Bárbara Herrero Muñoz-Cobo and Otman El Azami Zailachi, Peter Lang Editions, (pág. 31-32).

(8) La elección entre libertad y seguridad no está demasiado alejada de la protección del castillo en los sistemas feudales, así como las medidas de confinamiento debidas al Covid 19 no lo están de las tomadas contra la peste.

(9) Sería interesante un estudio de cómo está evolucionando el continente de plástico del pacifico a partir del desaforado consumo de plástico asociado a la pandemia. Seguro que existe, simplemente no me ha dado tiempo de buscarlo.

(10) Viene al caso apuntar que enfrentamos una epidemia que tiene mayor incidencia mortal en el estereotipo de gobernante occidental.

(11) https://cadenaser.com/programa/2020/06/14/la_hora_extra/1592114408_122655.html?ssm=tw&fbclid=IwAR0D_UIoldya8df083ARvQVIrwkM_T9_wTAB0B0bMuMOD83f90VlmfG3cIE. Entrevista a Daniel G. Andújar. Transcripción del programa “La Hora Extra” en la cadena Ser. 14/VI/2020. En cualquier caso, ¿Qué artista no está en un estado de alerta y emergencia constante? ¿Para cual esto no es una intencionada, vitalmente asumible -desde el extremo de lo alternativo- e inevitable cotidianidad? La respuesta es evidente. N.A.

(12) Se torna obsceno tener que recordar el proceso abocado al ostracismo que ha sufrido Morquillas a partir de su contencioso con el museo de BBAA de Bilbao.

(13) “Malformalismo”, Txomin Badiola, Caniche Editorial. S.L.2019, (pág.311).

(14) https://elpais.com/cultura/2020-06-22/net-art-el-arte-al-que-el-tiempo-dio-la-razon.html?fbclid=IwAR1B2mri8WSToYKnO17oGudLPuQt4b0K7BLn4k0zRr-Xa0rqJGaKhuq0Nxg Olía Lialina citada en el País Digital. Otra vez sumidos en el amparo de la pantalla, parece que solo entendemos el net art cuando está estrictamente sometido a la pantalla, la realidad se ríe de esto. N.A.

Alberto Lomas vive y trabaja en Bilbao. Artista y activista. Inicia su actividad creativa a finales de los 80, con una profusa actividad como gestor, comisario y cofundador de diferentes iniciativas (Espacio Abisal, En Canal, Un paquete Vasco, etc.) a finales de los 90 y comienzos de los 2000. Tras una interrupción voluntaria de su trabajo artístico durante un periodo de 10 años, reinicia su trabajo creativo en el 2015. Desde entonces ha realizado propuestas individuales en Old Tobacco Factory (Kurdistan), Centre d’art moderne de Tetuán (Marruecos) o Artium (Vitoria/Gasteiz), y ha participado en colectivas en Seúl, Valencia, Montreal, Atenas, Helsinki o Argel.