Del 25 de marzo al 31 de mayo de 2021 la Aldama Fabre Gallery (Bilbao) acoge la exposición KATA de la artista del programa de ayudas a la producción de BilbaoArte Mar de Dios.

…el relato del albañil que levanta con gran esfuerzo un ladrillo cerámico hasta el tejado de una casa. A Planck le impresionó el hecho de que a menudo el esfuerzo realizado no se perdía; se quedaba almacenado durante muchos años, sin que disminuyera, latente en el bloque de cerámica, hasta que un buen día podía ocurrir que el ladrillo se desprendiera, cayera sobre la cabeza de un transeúnte y lo matara.
Aldo Rossi, arquitecto, en su libro Autobiografía Científica, referenciando a Max Planck, físico, en su libro homónimo Autobiografía Científica.

Este poder de almacenamiento de energía (cinética letal en este caso) que tiene un objeto cerámico está en la propia esencia del barro cocido como exquisitez tecnológica y almacén de datos y recuerdos.

La exposición de Mar de Dios en la sala Aldama Fabre es una reivindicación de la complejidad y riqueza de la cerámica como material, como presencia y como lenguaje. La técnica necesaria para cocer el barro a los grados exactos durante el tiempo exacto y el ensimismamiento que un proceso tan delicadamente artesanal nos trae recuerdos que, como el Sushi, el Karate o los terremotos japoneses, tienen un eco sólido y lleno de matices en la sinceridad de su sencillez.

Por ahí van los tiros, por el resonar de lo cóncavo y lo convexo, de lo que es orgánico y lo que es naturaleza muerta, por lo que es diseño y lo que es arte. En este punto de cruce entre cosas que son y que no son, las obras de Mar de Dios recogen en el ámbito doméstico del objeto lo que cada uno tenía dentro y que nos rebota desde cada pieza. Cada escultura de barro nos devuelve sabores y recuerdos de lo que nos ha pasado y de lo que no nos ha pasado, con la sola habilidad manual del trabajo del barro: por adición, negación, penetración y movimiento.

En el mundo del karate japonés, como en el kung fu chino, una KATA se realiza al aire con unos movimientos tan pausados y controlados que si alguien mira y quita la mirada de nuevo, no apreciará movimiento. El karateka no persigue pelear sino una ambición personal recurrente: la perfección.

Los objetos, imperfectos siempre, toman esta vez el espacio interior de la galería, como un sonido de gong resonando tanto dentro de lo cóncavo exterior, como de lo convexo interior. Cada una de las piezas toma su propio espacio y lo tensiona, desde la tierra, desde el suelo, replicando un movimiento inexistente, como una KATA que no termina, como un recuerdo de que con esto era suficiente.

Juan Sádaba
25 / 05 / 2021